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Madrid siglos XIX y XX

En esta web se encuentran los trabajos realizados por los alumnos de la asignatura Historia de Madrid en la edad contempor�nea.

Facultad de Geograf�a e Historia de la Universidad Complutense de Madrid, curso 1998-1999,

impartida por Luis Enrique Otero Carvajal, profesor titular de Historia Contempor�nea de la UCM.

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EL MADRID DE 1900, ESPACIOS POPULARES DE CULTURA Y OCIO

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Realizada por:

 

Jos� Antonio Carrascosa Varillas

 

Indice

 

INTRODUCCI�N.

TERTULIAS DE LOS CAF�S: LITERATURA Y POL�TICA.

EL TEATRO EN MADRID. ZARZUELAS Y CUPL�S.

OTROS ESPACIOS P�BLICOS. LOS TOROS.

BIBLIOGRAF�A.

INTRODUCCI�N

En el cambio finisecular, del siglo XIX al XX, en Madrid se fragu� una cultura popular urbana, a trav�s de unas d�cadas renovadoras en los que Espa�a trat� de incorporarse al devenir europeo. Fueron a�os din�micos, en los que tanto la cultura literaria como la popular, con sus espacios y tiempos para el encuentro y el ocio, crecieron al comp�s de las transformaciones pol�ticas. El �ltimo cuarto del siglo XIX suscit� m�s comentarios pol�ticos que los anteriores. Un ejemplo lo hallamos entre 1871 y 1875; en cuatro a�os jur� como rey Amadeo I, se proclam� la Primera Rep�blica, el general Pav�a protagoniz� un golpe de Estado al irrumpir en las Cortes y fue nombrado rey Alfonso XII.

Tras un per�odo de largas luchas sociales, la naciente industria, el urbanismo y las artes, iban a conocer una �poca de desarrollo. Los adelantos tecnol�gicos (se utiliz� por primera vez la luz el�ctrica y el tel�fono) coincidieron con una "revoluci�n" de los transportes.

D�cadas en las que se promovieron la creaci�n de teatros; se activ� la vida de los focos culturales, como el Ateneo; se acogieron nuevos proyectos de renovaci�n educativa, fomentados desde la Instituci�n Libre de Ense�anza (ILE), especialmente con la creaci�n de la Escuela Superior del Ateneo (1895-1907) o con la Universidad Popular de Madrid (1904); creci� la prensa, particularmente la literaria; la cultura se vio favorecida con las primeras ediciones de libros a precios populares. En suma, Madrid se convirti� en meta para tantos j�venes creadores, que frecuentaban las tertulias de los caf�s como medio para darse a conocer y desarrollar las nuevas inquietudes.

Sin embargo, Madrid fue una ciudad que tambi�n concedi� lugar de honor a las noticias de toros y cupletistas. Toros, teatro, pol�tica y sucesos fueron los temas de discusi�n. Lo mismo se hablaba del g�nero chico, entonces en auge, que se comentaban en voz alta los art�culos aparecidos en alguna de las 360 publicaciones existentes en ese momento.

Los temas debatidos en las tabernas y en las diferentes sociedades, en los corrillos formados en paseos y jardines, eran diversos y cargados de la actualidad que viv�a la ciudad. Ejemplos de ellos fueron: el enamoramiento del maharaj� de Kapurtala por la Bella Dorita, actriz de variedades; la muerte en 1873 del elefante Pizarro, famoso residente del zool�gico del Retiro; o las p�ginas de los sucesos, con atentados, asesinatos o cr�menes.

Mientras tanto, en Madrid se inauguraron edificios como el Banco de Espa�a, la Bolsa, el Palacio de Bibliotecas y Museo, la Escuela de Minas o la Real Academia de la Lengua. Edificios que si no solventaron los problemas del Ensanche, s� mejoraron substancialmente el centro de la ciudad.

LAS TERTULIAS DE LOS CAF�S: LITERATURA Y POL�TICA.

Un hecho caracter�stico en el contexto cultural del cambio de siglo, y ya presente desde el XVII, fue la concentraci�n en un barrio de la ciudad de la mayor parte de los espacios que ten�an que ver con el mundo literario y pol�tico. Nos referimos al tri�ngulo limitado por las calles de Atocha, Jes�s de Medinaceli, la Carrera de San Jer�nimo y la plaza de Jacinto Benavente, que recibe indistintamente los nombres de barrio de los literatos, de las Musas o del Parnaso.

Hasta los a�os cuarenta del siglo XX continu� la tradici�n en la zona con diversas manifestaciones, especialmente las renovadas tertulias y los caf�s literarios, concentrados principalmente en torno a la plaza de Santa Ana, por su proximidad al teatro Espa�ol. Estos encuentros informales entre gentes de letras en los que se hablaba sobre arte, literatura y pol�tica, estuvieron vinculados normalmente a acontecimientos hist�ricos y art�sticos. El cambio de siglo fue la �poca dorada de la tertulia. Viene de mucho antes, desde que en el siglo XVIII, don Nicol�s Fern�ndez de Morat�n fund� la de la Fonda de San Sebasti�n. Y se prolong� hasta que, en v�speras de la guerra civil, Ram�n G�mez de la Serna decidi� cerrar la Sagrada Cripta de Pombo, sin que esto significara que no hayan existido tertulias despu�s.

Preludio de estas tertulias madrile�as en el siglo XVIII fue la fonda de San Sebasti�n (ubicada en el solar que hoy ocupa el palacio de Tepa), donde se concentraron las figuras m�s representativas del clasicismo bajo la inspiraci�n de Nicol�s Fern�ndez de Morat�n, Jovellanos, Cadalso, Mel�ndez Vald�s, Iriarte o P. de Ayala, entre otros. Tambi�n fueron contertulios espor�dicos autores como Larra, Zorrilla o Espronceda.

El liberalismo, consustancial a la idea del libre debate, extendi� las sociedades de hablar desde los salones nobiliarios al conjunto del espacio urbano. El debate pol�tico y la producci�n cultural salieron a la calle y encontraron especial ubicaci�n en las tertulias de los caf�s. La tertulia fue una manifestaci�n aut�ctona de la cultura urbana, y en este caso, madrile�a. Sirvieron muchas veces como pretexto de conspiraci�n pol�tica, como fragua de ideas, como est�mulo de proyectos de renovaci�n est�tica, como centros donde se conformaron nuevos movimientos literarios.

El aumento de habitantes no vari� el car�cter de los madrile�os que en las tertulias no preguntaban el origen del que estaba al lado, aunque s� se preocuparan por saber si �ste era liberal o conservador o era seguidor de Lagartijo o de Frascuelo, toreros que con Mazzantini, el Gallo y �ngel Pastor, entre otros, eran los triunfadores de la fiesta nacional. Lo mismo se hablaba del g�nero chico que de la frialdad con que la aristocracia madrile�a hab�a recibido a Amadeo de Saboya; lo mismo se conspiraba por la vuelta de los Borbones que se comentaban en voz alta los art�culos period�sticos o las �timas novelas aparecidas.

Los caf�s fueron numerosos: nombres como Pombo, Lorencini, Levante, Prado, Fontana de Oro, Molinero, La Nueva Monta�a, Gato Negro, Par�s, Alhambra, Fornos, Suizo, Comercial, Lyon, y un largo etc�tera formaron parte de la vida social y cultural madrile�a. En un kil�metro a la redonda de la Puerta del Sol, podr�an encontrarse un total de 65 caf�s.

Hab�a caf�s para todos los gustos. As�, al caf� de San Sebasti�n, de la calle Atocha, acud�an a reunirse sobre todo m�dicos, Ram�n y Cajal entre ellos. El Universal, en Alcal�, fue frecuentado por progresistas y republicanos. El caf� Iberia, en la Carrera de San Jer�nimo, fue visitado tambi�n por los amigos progresistas de Madoz, Fern�ndez de los R�os y Sagasta. Los extranjeros sol�an reunirse en el caf� de la Alegr�a, en la calle de Atocha. De todos esos caf�s hoy quedan el Comercial, el Central, el Lyon y el Gij�n, como testigos de un pasado reciente.

En el siglo XIX, destacaron los famosos caf�s Lorencini, San Sebasti�n, La Cruz de Malta y la Fontana de Oro (caf� que dio nombre a una novela de P�rez Gald�s, y que a�n existe en la calle de la Victoria), resultando ser verdaderos focos pol�ticos, con gran influencia en la opini�n de los gobiernos. Tambi�n cabe se�alar la importancia del caf� Levante en la Puerta del Sol, decorado por el pintor Alenza, cliente habitual junto con Goya, como los posteriores contertulios Rub�n Dar�o, Bol�var, Arniches y el torero Vicente Pastor.

Un ejemplo conocido de contertulio fue Benito P�rez Gald�s, madrile�o por adopci�n, que frecuent� los caf�s y sus tertulias literarias, que asisti� puntualmente al Ateneo, que recorri� incesantemente la ciudad y se interes� por los problemas pol�ticos y sociales del momento. En una l�nea liberal, se defini� a s� mismo como progresista y anticlerical.

El cambio de siglo fue �poca de auge de las tertulias. De hecho, las llamadas generaci�n del 98, del 14 y del 27 fueron generaciones de contertulios. Desde Valle-Incl�n, pasando por Baroja, Azor�n, Unamuno, o el despreciado pero Premio Nobel, Echegaray (por los propios literatos de su generaci�n), llegando a Juan Ram�n Jim�nez, Garc�a Lorca o a los hermanos Machado (nombrarlos a todos resultar�a interminable), visitaron el Gato Negro, el Suizo, la Mais�n Dor�, el Castilla, el Colonial, el de la Iberia, el de la Monta�a, o en el Levante, entre otros.

La generaci�n del 98 frecuent� estas tertulias. No se conceb�a escribir nada, ni siquiera hacer pol�tica, sin acudir a la tertulia. De un intelectual que criticaba la costumbre de tertuliar se pudo decir, en �poca algo m�s reciente, que "le falta caf�". Se daba por sentado el principio de que el hombre deb�a hacer en la vida tres elecciones: "Estado, profesi�n y caf�".

Tal era la fidelidad de los contertulios del 98 a estos encuentros que Ram�n G�mez de la Serna contaba de su tocayo Ram�n Valle-Incl�n, respecto a su salud lo siguiente: "Pues ya ve usted. Del sanatorio al caf� y del caf� al sanatorio".

EL TEATRO EN MADRID. ZARZUELAS Y CUPL�S.

El gran polo de atracci�n del ocio de los madrile�os fueron los teatros. De hecho, desde finales del siglo XIX aparecieron nuevas salas principalmente en el centro de la ciudad, uni�ndose a otros tan importantes como el Teatro Espa�ol (antes llamado Pr�ncipe), el Novedades, o el circo Price, escenarios de obras de Gald�s, Casona, Garc�a Lorca y Buero Vallejo, entre otros.

Aparecieron el Reina Victoria (en la Carrera de San Jer�nimo), el de la Princesa (hoy Mar�a Guerrero), Felipe (frecuentado en los meses de verano), Madrid, Eldorado (cerca de la Bolsa), Maravillas (en la calle Fuencarral) o el Lara (conocido como "la bombonera"). Compitieron tambi�n, entre otros, con el Mart�n, el Eslava o el Apolo.

Destac� tambi�n el teatro de la Comedia (en 1875, despu�s de desaparecido el teatro de la Cruz), sito en la calle del Pr�ncipe, con obras de Gald�s, Dicenta, Benavente y los hermanos �lvarez Quintero. En la actualidad, act�a en �l la Compa��a Nacional de Teatro Cl�sico.

Los nuevos teatros y salones fomentaron una inusitada competencia, que promovi� la b�squeda de nuevas o diferentes f�rmulas teatrales. Se respet� no obstante el g�nero cl�sico, que tuvo en las actrices Mar�a Guerrero y Margarita Xirgu (en los teatros Princesa y Espa�ol respectivamente) a sus m�s altas representantes. Adem�s de la zarzuela, cultivaron el repertorio l�rico los teatros Circo y Romea, pero los salones de Eslava, Capellanes, Mart�n y Variedades comenzaron a explotar las piezas de un acto.

El g�nero l�rico, ahora en rivalidad con las nuevas expresiones musicales, se manten�a con dificultad en algunos momentos. S�lo el �xito de algunas obras permiti� subsistir a teatros como la Zarzuela, frente al "teatro por horas" y el g�nero bufo del Variedades o las �peras en el Real. Fueron obras como El barberillo de Lavapi�s (1874) de Barbieri y Larra; La Marsellesa (1876) de Ramos Carri�n y el maestro Fern�ndez Caballero; El diablo Cojuelo (1878) de Barbieri y Carri�n; El lucero del alba (1879) de Pina Dom�nguez y Caballero; y un largo etc�tera. La vida de la zarzuela era la muerte de la �pera: la elecci�n entre una y otra no constitu�a una disyuntiva para el pueblo madrile�o, tan apasionado por el teatro, frente a una selecta minor�a que prefer�a la �pera cantada en italiano y con el marchamo de Mil�n o de Par�s.

Surgieron nuevas zarzuelas pero cada vez m�s dirigidas hacia el g�nero chico: El Santo de la Isidra, Las bodas de Luis Alonso, El pu�ao de rosas, La reina mora, La alegr�a de la Huerta, C�diz y La Gran V�a (las dos �ltimas de Chueca y Valverde, en 1886), entre otras. Los nombres de Bret�n, Chap�, Torregrosa, Serrano, Chueca o Valverde, entre los m�sicos, y Ramos Carri�n o Arniches, entre los letristas, estaban en boca de todos los aficionados.

Gigante.jpg (39286 bytes)El teatro y la gran zarzuela resultaban demasiado costosos para los sectores populares. Los empresarios buscaron nuevas soluciones para captar al gran p�blico. De esta forma, naci� el g�nero chico (la zarzuela chica y el cupl�) o teatro de funciones "por horas", con un gran �xito entre el p�blico madrile�o, a pesar de las cr�ticas. Result� definitivo el hacer m�s ligeras y breves las obras teatrales, su fusi�n con la m�sica y la posibilidad de representarlas en varias funciones consecutivas.

El "teatro por horas" tuvo su cuna en el Variedades, con la reposici�n de todas las zarzuelas de �xito: El grumete, Una vieja, El estreno de un artista, Los dos ciegos, El loco de la guardilla, En las astas del toro, etc. El p�blico madrile�o se volc� en el g�nero chico, cultivado en el Eslava y Variedades, pero sobre todo en la nueva y reconvertida "catedral" de este g�nero, el teatro Apolo. A C�diz de Chueca y Valverde, le sucedieron obras como El a�o pasado por agua, de los mismos autores; La bruja, de Carri�n y Chap�; Juan Mat�as, el barbero de Chap� y Nieto; Lobos marinos, de Carri�n, Aza y Chap�; Chateau Margaux, de Caballero, que obtuvo otros grandes �xitos en el g�nero chico; Los borrachos, de los hermanos �lvarez Quintero; La Tempranica, de Jim�nez y los Quintero; La viejecita(1897) y Gigantes y cabezudos (1898) de Caballero y Echegaray.

En 1894 se estren� La verbena de la Paloma, con letra de Ricardo de la Vega, sainete l�rico que en sus or�genes compuso Chap�, aunque termin� Bret�n tras problemas con los empresarios del Teatro Apolo por parte del primero. La verbena de la Paloma conquist� al p�blico desde su primera escena. Todas sus melod�as fueron r�pidamente tarareadas y canturreadas:

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"Por ser la Virgen de la Paloma,

un mant�n de la China na,

China na, te voy a regalar".

"-�D�nde vas con mant�n de Manila?

�D�nde vas con vestido chin�?

-A lucirme y a ver la verbena,

y a meterme en la cama despu�s."

"Una morena y una rubia,

hijas del pueblo de Madrid,

me dan el opio con tal gracia

que no las puedo resistir".

Teatroza.jpg (32863 bytes)La d�cada final del siglo XIX registr� los �xitos m�s brillantes de Chap�: La Czarina, con libro de Estremera y estrenada en el Apolo; El tambor de Granaderos, con S�nchez Pastor y en Eslava; en el Apolo tambi�n estrenar�a cinco sainetes, con L�pez Silva y Fern�ndez Shaw, Las brav�as, La Revoltosa, La chavala, Los buenos mozos y El alma del pueblo (ya en 1905); Curro Vargas, con libro de Dicenta y Paso, en el Teatro Circo de Price, considerada por muchos como su obra maestra.

En 1897 se estren� La Revoltosa en el Apolo. Nunca el lenguaje del arroyo madrile�o alcanz� tan alta expresi�n de gracia y belleza, fusi�n de verdad y poes�a; nunca fue tan castizo, dando a la pieza la condici�n ejemplar de modelo. Mari-Pepa es una de las grandes creaciones del g�nero: car�cter representativo de la mujer bonita y coqueta, es la chula de los madriles que tiene puestos sus ojos en los vecinos que la asedian, solteros y casados, pero su coraz�n s�lo en Felipe. Pintura de ambiente y de tipos la de esta casa de vecindad, sus inquilinos convierten el patio com�n en un sal�n de fiestas y lugar de intrigas.

 

"La de los claveles dobles,

la del manojo de rosas,

la de la falda de c�firo

y el pa�uelo de cresp�n;

la que ir�a a la verbena

cogidita de mi brazo...

eres t�, porque te quiero,

chula de mi coraz�n".

"-�Ay... Felipe de mi alma!

�Si contigo solamente

yo so�aba!

-�Mari-Pepa de mi vida!

�Si tan s�lo en ti pensaba

noche y d�a!".

El final del siglo XIX registr� otros �xitos del g�nero chico: La marcha de C�diz (1895), de Lucio y Garc�a �lvarez, con Quinito Valverde, en Eslava; El santo de la Isidra (1898), y La fiesta de San Ant�n, de Arniches y Torregrosa, en Apolo; La buena sombra (1898), de los �lvarez Quintero y Brull, en la Zarzuela.

Con el nuevo siglo, comenzaron nuevas oportunidades para los autores, ahora libres de los empresarios y unidos a trav�s de la Sociedad de Autores. Adquirieron un especial protagonismo Quinito Valverde y Carlos Arniches, con la creaci�n de un g�nero c�mico, mixto de zarzuela y sainete, cuya producci�n en serie ofreci� t�tulos que gozaron de inmensa popularidad: Los granujas, Las estrellas, El terrible P�rez, Sangre moza, etc.

Sin embargo, se continuaron viendo algunos grandes �xitos en Madrid. Ejemplo de ello fue La Corte del Fara�n, estrenada en Eslava en 1910. El libro pertenec�a a Perr�n y Palacios y la m�sica a Vicente Lle�, resultando una de las obras m�s completas del g�nero chico.

Por �ltimo, cabe destacar la obra a�n fecunda de Ruperto Chap� ya en el siglo XX. Estren� en la primera d�cada obras tan destacadas como El pu�ao de rosas (1902), con Arniches y Asensio Mas, que constituye una joya del g�nero; �Quo vadis?, con Sinedio Delgado; El maldito dinero con Arniches y Fern�ndez Shaw; o La patria chica con los hermanos �lvarez Quintero.

"Son las mujeres de Babilonia

las m�s ardientes que el amor crea..."

"Ay v�... Ay v�...

Ay Babilonia que marea.

Ay v�... Ay v�...

Ay v�monos pronto a Judea.

Ay v�... Ay v�...

Ay v�monos all�".

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La expansi�n del g�nero chico alcanz� su plenitud en la d�cada de 1890 a 1900, para entrar irremisiblemente en crisis a partir de los principios del siglo XX. Paulatinamente fue ganando terreno la competencia, con formas igualmente masivas y urbanas: las variet�s, el cabar� y el cinemat�grafo. La decadencia de la zarzuela se acentuaba en Madrid a medida que se impon�an las operetas de Franz Lehar y Leo Fall, introducidas por Cadenas y Lle�. Cadenas construy� en plena Carrera de San Jer�nimo el palacio de la opereta y la revista: el nuevo teatro de la Reina Victoria.

Cadenas y Asensio M�s formaron un plantel de hermosas mujeres y buenas artistas que, al principio, encabezaron Julia Fons, Carmen Crehuet (La Bella Riseta) y Consuelo Torres. M�s tarde llegaron Consuelo Hidalgo (la duquesa del Bal Tabar�n), Rafaela Haro y Paula Pinillos, entre otras. Desde el vaudeville franc�s, hasta la revista espectacular con desnudos, al estilo Par�s, el Reina Victoria se convirti� en el lugar de cita del Madrid galante y nocturno.

De la misma manera, se difundi� el llamado g�nero bufo o �nfimo, de origen franc�s, con chistes p�caros, actrices ligeras de ropa (entre las que destacaron La Fornarina, Raquel Meller, La Goya, Julia Fons, La Yankee, Sagrario �lvarez, Luz Chavita, La Criolla, La Cachavera o La Chelito) y canciones que pronto fueron tarareadas por todos. El gobernador civil lleg�, incluso, a ordenar el cierre de los locales dedicados a las variet�s, aunque los empresarios siempre buscaron nuevas f�rmulas y lugares.

Fue tal el �xito que este g�nero pudo trasladarse al teatro circo Price o al sal�n de Actualidades, y dejar para el Variedades (hasta su incendio), menos amplio, al g�nero chico. A la vez se abandonaban los peque�os salones como el Japon�s u otros nuevos se frecuentaban, como el Music Hall, el sal�n Rouge o el sal�n Bleu. Furor extraordinario causaron los picantes cupl�s de El cangrejo y La pulga.

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"Hay una pulga maligna

que ya me est� molestando,

porque me pica y se esconde,

y no la puedo echar mano.

Salta que salta, va por mi traje,

haciendo burla de mi furor,

su impertinencia, me da coraje,

y como logre cazarla viva,

�Para esta infame

no hay salvaci�n!"

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El g�nero �nfimo present� as� la masa de sus cimientos con letrillas de aire picante y tonadas sin altas pretensiones est�ticas, para elevar como por milagro muy pronto a la categor�a de mitos er�ticos a las artistas y cupletistas que las interpretaban. En el Madrid finisecular, decir cupletista era optar por un sin�nimo imp�dico de "diablo con faldas", a trav�s de una excitante utilizaci�n del erotismo de las mayas negras y el cors�. En muchos casos, las adelantadas del cupl� eran tiples frustradas, sumidas en el empe�o de lograr que las tablas les sirvieran de escaparate para un p�blico menos selecto, y mayoritariamente masculino.

La inspiraci�n de Quinito Valverde desbord� la zarzuela, el sainete y la revista, irrumpiendo en el g�nero �nfimo, que le debi� su florecimiento. Compuso danzas y canciones como La Corrida, para Antonia Merc� (La Argentina) y Clavelitos, para La Fornarina

Mientras, el cupl� de la mano de Raquel Meller y La Goya (Aurora Ma�anos), entre otras cupletistas, llenaba los teatros. La violetera, El relicario, Y ven y ven, fueron algunos de los nuevos �xitos. Mientras, Candelaria Medina, Amalia Molina y Pastora Imperio difundieron el arte de la canci�n andaluza entre el p�blico madrile�o.

A�os m�s tarde, destac� Celia G�mez, actriz y popular estrella de la revista, que consegui� grandes �xitos con Las Leandras. Gracias a su chispa y a su elegancia sobre el escenario, sus n�meros musicales como Pichi o Los nardos la convirtieron en la artista favorita del p�blico.

LAS CORRIDAS TAURINAS Y OTROS ESPACIOS P�BLICOS.

Otro gran foco de atracci�n, ocio y debate, fue el acontecimiento taurino: los toros. Siempre fueron los madrile�os grandes aficionados a los toros: muy cerca estaban los campos de Colmenar Viejo y Aranjuez, con los temibles toros del Jarama y las famosas ganader�as de El Escorial. El �ltimo tercio del siglo XIX, Lagartijo, Frascuelo, Mazzantini, el Gallo y Angel Pastor, entre otros, fueron los triunfadores de la fiesta nacional y el anuncio de la edad de oro taurina madrile�a. Atr�s qued� el recuerdo de los espadas Manuel Parra y Pepe-Hillo, muertos en la reci�n cerrada plaza de la Puerta de Alcal�.

Desde 1880 se produjo una resurrecci�n de la afici�n taurina en un Madrid libre ya de la preocupaci�n por la guerra civil. Surgi� un nuevo tipo de espectadores; los pollos, que acud�an a la plaza con atildados ternos de color claro, el sombrero cordob�s y, al hombro el estuche de los gemelos. El p�blico se retra�a cuando no exist�an figuras atractivas en el escalaf�n o la empresa no consegu�a contratarlas: por ejemplo, con motivo de las ausencias del figura Guerrita en 1895 y 1897. En esos momentos, el p�blico madrile�o se volv�a hacia otros espect�culos como la pelota vasca, con el atractivo complementario de las apuestas.

Si en cualquier otro espect�culo no taurino sol�a hallarse s�lo representado alg�n sector social, en los toros estaba representada toda la sociedad: las clases sociales m�s elevadas y las m�s populares, as� como los grandes pensadores y el pueblo analfabeto.

La asistencia de p�blico madrile�o fue numerosa especialmente con motivo de los festejos extraordinarios. Se celebraron corridas excepcionales con motivo de las bodas reales: la de Alfonso XII con Mar�a Mercedes de Orleans (1878) y con Mar�a Cristina (1879), la de Alfonso XIII con Victoria Eugenia de Battemberg (1906). Asistieron la mayor�a de los pr�ncipes herederos de las dinast�as europeos y las embajadas venidas a Madrid para el acontecimiento.

Tambi�n hubo espect�culos taurinos extraordinarios a beneficio de los damnificados por las inundaciones de Murcia (1884), las v�ctimas del crucero Reina Regente (1895), para la restauraci�n de los frescos de Goya en la ermita de San Antonio de la Florida (1924) y con motivo del incendio del teatro Novedades (1928).

Hoy podemos establecer y recordar las principales "etapas taurinas" que comprende este per�odo:

punto05.JPG (3724 bytes) La competencia entre Lagartijo y Frascuelo, iniciada ya en 1867, que se prolonga hasta 1890.

punto05.JPG (3724 bytes) En la �ltima d�cada del siglo XIX, el paso arrollador por la fiesta de Guerrita.

punto05.JPG (3724 bytes) En la primera d�cada del presente siglo, la competencia de Bombita y Machaquito, Vicente Pastor y Rafael el Gallo.

punto05.JPG (3724 bytes) La edad de oro de la tauromaquia, con Joselito y Belmonte.

punto05.JPG (3724 bytes) Al morir Joselito, la plaza era escenario de la edad de plata del toreo, comenzando entre 1920 y 1925 con S�nchez Mej�as, Marcial Lalanda, Granero, Villalta, Chicuelo...

punto05.JPG (3724 bytes) Entre 1925 y 1930 destacaron entre otros, el Ni�o de la Palma, Gitanillo de Triana, Armillita, Manolo Bienvenida...

punto05.JPG (3724 bytes) Desde 1930, Domingo Ortega, Pepe Bienvenida, Alfredo Corrochano, Victoriano de la Serna, El Estudiante...

Esta selecci�n (m�nima) de nombres es tan impresionante que basta para entender lo que supuso la plaza reci�n inaugurada de Felipe II, m�s conocida como de la Fuente del Berro. La nueva plaza, con capacidad para 13.000 espectadores, fue el principal escenario taurino hasta la inauguraci�n de la Plaza de las Ventas, en 1931. All� destacaron los mencionados protagonistas. Intervino don Jos� de Salamanca en la permuta de los terrenos que ocupar�a la nueva plaza (hoy llamada por algunos aficionados de cierta edad como "la plaza vieja"). Sus autores fueron los arquitectos Emilio Rodr�guez Ayuso y Lorenzo �lvarez Capra. Otras plazas fueron las de Vista Alegre (llamada la Chata, para 8.000 espectadores); la de Tetu�n de las Victorias; o la del Puente de Vallecas.

La afici�n taurina se fortaleci� cuando surg�a una rivalidad entre toreros y aficiones, como la de Machaquito y Vicente Pastor en 1910, y por supuesto, por la rivalidad de Joselito y Belmonte. Tal fue la repercusi�n del mundo de los toros, que todo el pa�s llor� la muerte de toreros como Joselito (Jos� G�mez Ortega) en 1920 en la plaza de Talavera de la Reina, s�lo parangonable a la muerte de Manolete en 1947.

La rivalidad entre Joselito y Belmonte marc� un hito en el toreo, siendo intensamente seguido y debatido por el p�blico madrile�o. Esta afici�n siempre tuvo fama de entendida y exigente, pero en general se sol�a acusar al p�blico madrile�o de caprichoso, de aupar a los toreros y, una vez convertidos en figuras, complacerse en derribarlos de su pedestal. No obstante el p�blico madrile�o tambi�n fue definido como severo, exigente, voluble, propenso a la reacci�n airada, pero tambi�n generoso para apreciar la entrega del diestro.

Adem�s de toreros, actuaron tambi�n algunas toreras: la Fragosa, las Noyas, la Reverte. Quiz�s las que m�s destacaron fueron dos toreras catalanas, Lolita Pretel y Angelita Pag�s, que debutaron en la plaza madrile�a en 1895. Un caso �nico fue el de Martina Garc�a, que actu� en Madrid, en una novillada con mojiganga en 1880 cuando contaba ya 66 a�os.

A lo largo de estas d�cadas comparecieron en el ruedo madrile�o las ganader�as que hoy se consideran hist�ricas: en 1888 los Palhas crearon graves dificultades nada menos que a Largatijo y Frascuelo. En 1903 se lidi� por primera vez los toros que Parlad� hab�a comprado a Ibarra; en 1907, los del Marqu�s de Guadalest; en 1909 se lidi� toros de Carriquiri, denunciados frecuentemente por "pasados de edad y, por tanto, avisados y a la defensiva". En 1912 debutaron como ganaderos en Madrid el duque de Tovar, Boh�rquez y Juan Contreras; al a�o siguiente, Graciliano, Argimiro y Antonio P�rez Tabernero, as� como el ganadero poeta Fernando Villal�n; en 1917, Manuel Rinc�n; en 1919, una brava corrido del marqu�s de Albaserrada hizo fracasar a Gaona; en 1928, el conde de la Corte, Manuel Arranz y Samuel Flores, cuyo primer toro mereci� la vuelta al ruedo.

La consagraci�n de Marcial Lalanda, en 1929, se produjo a la vez que el triunfo de los ganaderos salmantinos: de las treinta corridas que se celebraron en Madrid, s�lo ocho fueron de Andaluc�a... Se impuso, sin duda, un nuevo tipo de toro, que sustituy� al toro de ganader�as tan ilustres como las de Veragua y Miura.

Todav�a en 1931, en esta plaza, debutaron Pinto Barreiro, Cobaleda y Juan Pedro Domecq y al a�o siguiente, Atanasio Fern�ndez. En el �ltimo a�o de la plaza, 1934, se produjo la escisi�n entre la Uni�n de Criadores de Toros de Lidia y la nueva Asociaci�n de Ganaderos

Adem�s de las corridas "ortodoxas", en las plazas se desarrollaron tambi�n otros espect�culos. En las d�cadas de los a�os 80 y 90 del siglo XIX, perduraron todav�a las mojigangas, junto a los toros embolados: por ejemplo, El doctor y el enfermo, Los siete ni�os de �cija, Los hombres de paja, El sult�n y las odaliscas, Contrabandistas y ladrones...

El espect�culo taurino arrastraba todav�a algunos ap�ndices circenses: como complemento de varias novilladas, actu� en 1903 m�ster W. H. Barber, Di�volo, que realizaba un looping con su bicicleta. Incluso en una corrida ben�fica de 1907 se intent� reproducir un torneo medieval, actuando varios oficiales del Ej�rcito, ataviados de guardarrop�a, junto a los actores que representaban trompeteros, heraldos, timbaleros, etc.

Tambi�n se celebraron varias peleas de toros con otros animales. En 1897, el toro Regatero se enfrent� a un tigre real de Bengala, C�sar. A pesar de la pregonada ferocidad del tigre, el toro le peg� una paliza y lo dej� por muerto en su jaula. Lo m�s curioso es que el p�blico reaccion� entonces con entusiasmo, con vivas a Espa�a, y la banda toc� la marcha de C�diz. Al a�o siguiente se intent� enfrentar al toro Sombrerito con el elefante Ner�n. El duelo se abort� porque el elefante, acobardado, rehuy� la pelea.

M�s transcendencia taurina tuvo el debut, poco antes de concluir el siglo, de don Tancredo L�pez, "el rey del valor", que recib�a c�micamente al toro subido en un pedestal a modo de estatua. Suscit� numerosos imitadores: El Cojo Bonifa, Manuel �lvarez, El Arrongatito, El Fide�sta, y las mujeres Olga Mi��n, la francesa Mercedes Barta y la propia esposa del artista, Mar�a Alcaraz, Do�a Tancreda, que sufri� en Madrid una grave cornada. Don Tancredo obtuvo un �xito extraordinario, y pronto se reflej� en los cupl�s.

 

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"Don Tancredo, Don Tancredo

en su vida tuvo miedo.

Don Tancredo es un barbi�n!

�Hay que ver a Don Tancredo

subido en su pedestal!"

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Este hecho da una vez m�s la medida de la importancia de la fiesta taurina en Madrid. Los toros atrajeron rivalidades y debates entre los espectadores y aficionados, e incluso, la sensibilidad de los literatos y poetas, desde �ngulos muy variados: el toro, el ambiente, la fiesta de los sentidos, la soledad del diestro, la plaza, la muerte, lo tr�gico y lo l�dico... Obras como Las �guilas, de L�pez Pinillos; Sangre y arena, de Blasco Ib��ez, tantas veces llevada al cine; Currito de la Cruz, de P�rez Lugu�n; La mujer, el torero y el toro, de Alberto Ins�a; Oro, seda, sangre y sol, de Hoyos y Vinent; y un largo etc�tera.

Una y otra vez, los ensayistas tomaron partido respecto a las pol�micas taurinas, siendo �stas muy vivas entre los pensadores del 98. Teniendo en cuenta la honda huella del krausismo, no result� extra�o que varios de ellos fueran contrarios a los toros. Sin embargo, salieron a la calle m�s de setenta publicaciones especializadas, mayoritariamente revistas, especialmente entre 1868 y 1898: La Fiesta Espa�ola, El T�bano, El t�o Pepe, El Toreo, etc. En El Liberal, El Imparcial y El Heraldo de Madrid escribieron sobre el g�nero prestigiosas firmas de la clase de Jos� de la Loma ("Don Modesto"), Mariano de Cavia ("Sobaquillo") y �ngel Caama�o ("El Barquero").

En la plaza vieja alcanzaron su consagraci�n muchos lidiadores. A trav�s de ella, se puede hacer la historia de la tauromaquia madrile�a en una de sus etapas m�s cl�sicas. All� se vivieron grandes �xitos y fenomenales esc�ndalos, cuando el p�blico, indignado por los toros (sobre todo) se lanzaba al ruedo, durante la lidia, y se produc�a un verdadero y peligroso conflicto de orden p�blico.

Ya en 1924 se crey� que �sa ser�a la �ltima temporada de la plaza, pues la nueva, la de Las Ventas del Esp�ritu Santo, estaba casi a punto. Sin embargo, no se inaugur� hasta el 17 de junio de 1931, con una corrida a beneficio de los obreros parados, que organiz� el alcalde don Pedro Rico. Pero hubo de esperar al a�o 1934 para la inauguraci�n oficial.

Fuera de los caf�s, los teatros y los toros, los madrile�os tuvieron una amplia variedad de posibilidades para elegir. Adem�s, se sumaban las verbenas de San Antonio, San Juan, el Carmen, Santiago, San Cayetano, San Lorenzo y la Paloma, lugares de socializaci�n y ocio. Tambi�n se hizo costumbre el acercarse los domingos y festivos al Rastro, situado entre las calles Toledo y Embajadores, que se consolid� desde el siglo XIX como mercado de "lo usado".

En 1861 hab�a 123 sociedades dram�ticas, 139 sociedades de m�sica, 145 de baile y 575 sociedades casinos. La mayor parte de los madrile�os adultos estaba inscrita en una o varias de estas sociedades. Los salones del Prado y de Recoletos y sus alrededores se convertieron en verano en lugares donde celebrar bailes para los socios.

Surgieron as� centros como el jard�n del circo Price, el Eliseo Madrile�o y los Campos El�seos. Los Campos El�seos fueron inaugurados en 1864, entre las actuales calles de Goya y Jorge Juan. Ofrec�an un lugar de esparcimiento y ocio: caballitos, monta�a rusa, bailes de pi�ata con premios, conciertos o bailes de m�scaras, entre otras atracciones.

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